29 jun. 2012

Diario, 29/06/2012

29/06/2012
Hace un momento leía los primeros capítulos de "Sólo un minuto más" y vaya. Son tres meses ya, que no escribo esa historia. No sé, la depresión de repente desapareció. La escribía porque necesitaba desahogarme, y no es que sufriera el mismo problema que Valentina, Marcos, don José, o cualquiera que habita ese mundo de melancolías y letras llenas de dolor y alegrías. Tan solo sentía dolor, y de alguna manera tenía que dejarlo ir.
Sí, escribía cosas trágicas y complejas porque mis sentimientos me ahogaban por cosas insignificantes. Ya sabemos, la adolescencia y sus peculiaridades. A veces me gustaría no ser una adolescente por estas cosas, pero, ¡rayos!, no hago caso al pensamiento porque sé que pronto pasarán.
Como decía más arriba, esa tristeza desapareció cerca de abril... Los primeros días. Abril abrió la portada de una nueva historia, pero una que se vive hoy. Sí, siempre he dicho que las historias que se escriben se viven, también. Pero esta es en carne propia.
No diré nada más.
Sólo sé que hoy quiero llorar. Soy humana, todos somos humanos, todos cometemos errores. Pero es difícil. Es decir, experimentar los sentimientos de tus propios personajes.

Cuando escribo... Imagino lo que ellos han de sentir en las siguientes páginas. Solo cierro los ojos y mis emociones cambian, mis ojos se pueden llenar de lágrimas y mis mejillas se pueden poner pálidas, como también puedo sonreír y cantar de alegría... Es realmente fácil, al menos para mí, y sé que para mis amigos escritores también, porque ese es el don de la escritura, sentir lo que trazas con palabras y emociones que en algún lugar y tiempo, alguien ha de estar sintiendo.
Pero todo cambia cuando lo vives en carne propia.
¿Sabes? Me divierto haciendo que mis personajes se metan en problemas -aunque no siempre son tan complejos como he leído en otras historias, me da pena escribir algo así porque nunca he vivido tales emociones-, que cometan errores, que hagan sentir mal a los demás, que simplemente sean humanos. O al menos lo intento. Sin embargo, cuando soy yo la que está en su lugar, la incertidumbre de no saber cómo terminará mi día, mi historia, me molesta demasiado, especialmente porque soy impaciente y... temerosa.
El miedo es realmente doloroso. Porque sé que esta es una historia que yo puedo manipular, pero no como lo hago siempre al escribir. Yo no puedo borrar las palabras, tampoco cambiar los sentimientos y consolar al dolido personaje principal. No soy yo quien maneja sus pensamientos ni su forma de ser. Y eso es lo doloroso. Porque el miedo de perder algo o alguien es inmenso, ¿y qué si las cosas quedan así? ¿Y si no logro arreglar mis errores? ¿Y si sus pensamientos no cambian? ¿Y si debí haber hecho lo contrario? ¿Y si...?
Son muchas preguntas, realmente. Mi cabeza está hecha un lío ahora mismo.
Sin embargo, solo puedo cambiar a una sola persona: yo. Porque soy yo la que vive ahora mismo, soy yo la que está pensando esto antes de escribrirlo, soy yo la que siente esto, y soy yo la dueña de mis decisiones. Aun así, me siento impotente, porque no siento fuerzas, porque estoy débil, porque no confío en mí misma: siento que cualquier cosa que haga no servirá.
Pienso en esto y me digo: estás actuando como una estúpida.
Pero ya siento que los sentimientos están cada vez más pesados y no puedo cargar con todos ellos. Sé que las otras personas tampoco pueden, pero lo hacen, y es por eso que no encuentro una solución a esto. Intento descifrar lo que vendrá a continuación, cuando la página del libro dé la vuelta. El futuro puede ser tan impredecible, asombroso y tenebroso.
Y... El tiempo se vuelve tan largo cuando estoy así. Las horas pasan realmente lento... Y el ardor continúa, cada vez más fuerte. Supongo que eso es lo interesante en la historia. Siempre es así cuando leo lo que escriben, lo que escribo. Quisiera saber qué seguirá, estoy impaciente. Pero no puedo, y eso es tan molesto. Quiero comprender esto, pensar bien las cosas y hacer lo correcto. Eso es lo que hace el personaje principal siempre, ¿no? Termina haciendo lo correcto, aunque los demás no lo quieran admitir.
Hay... hay personas que ven esta historia, no la leen, pero son partícipes de ella, y son quienes dan su criterio, quienes comentan "oh, pero qué ingenua", "¡ten orgullo!", "¡es tan adorable!", "te apoyo...". Pero sus pensamientos me confunden más. Porque aquí, las emociones cambian a cada rato. Turbulencias de anhelos, lágrimas, sonrisas, me marean. Y me debilitan. Aquí es cuando dan ganas de arrancarse los cabellos y gritar para que todo se calme. Permíteme, Valentina, comprenderte.
Pero, soy fuerte. Lo soy y es por ello que seguiré, porque quiero ser el personaje principal que continúe para saber lo que vendrá en el siguiente capítulo.
Tal vez le pueda llamar a esto masoquismo. Pero me gusta pensar que son las fuerzas que vienen de golpe.
Ahora, mi duda: ¿soy yo, o el destino quien escribe este cuento?
Lo estoy sintiendo, así que lo estoy narrando en primera persona. Y cuando los demás vislumbran mi historia ¿será el destino que la escribe en tercera persona?
Creo que ahora sé lo confundidos que han de estar mis personajes, y los personajes de muchos artistas. La única diferencia entre nosotros es que ellos viven en mi mundo, yo vivo en la realidad.
Queda decir que...
Una cosa es escribrilo, otra... sentirlo.
Sigue doliendo esto, y sé que no es el mismo dolor que se siente al perder a un ser querido o cuando discutimos con alguien. Cada sufrimiento es diferente. Pero todo sufrimiento se supera, a base de esfuerzo, ganas y... fe.
Musa hasta aquí llega, por ahora. Ella aún no ha despertado del todo, pero lo está haciendo, y para mí es una alegría.
Con afecto, Esperanza.

27 jun. 2012

Cambios...


Habrán cosas que nunca cambiarán. Cosas que deseamos, anhelamos, soñamos que sean como nosotros queremos y que... simplemente no lo serán. Impotencia, molestia, y algún sentimiento más que ahora no logro recordar es lo que nos hostiga en esos momentos, momentos que quisiéramos que terminaran, pero que el destino se empeña en alargar... ¿Y nosotros? Algunos callamos aquello, guardamos lo que sentimos y nos consumimos por dentro. Condenados a silenciar lo que pensamos por temor a perder este dolor, con el miedo de que si cambia duela más, porque no imaginamos otra cosa más que el sufrimiento... Otros lo dicen. Son, quizás, más valientes. Reclaman ese cambio sin importar las consecuencias, pero con ese miedo ardiente -de no estar haciendo las cosas bien- que muy pocas veces demuestran...

Hoy lo pensé. Ayer también y sé que mañana lo haré. Y no me canso de buscar la salida a esto. No sé si seguir siendo la que calla o mantenerme como la que habla. Comprendo que... este sentimiento me atrae, que soy lo que soy: masoquista. Y admito que siento miedo, miedo de que el curso de las cosas cambie tan drásticamente que no pueda soportarlo más... Pero no puedo quedarme estancada. No aquí. Hay dos caminos, una sola decisión, y muy poco tiempo... Y yo ya decidí.