24 nov. 2015

Ocho minutos.

Hay algo extraño en esta mañana en la que la casa está sola y las canciones se reproducen sin confortar al corazón que las escucha. La soledad.
Hay un aire de ansiedad que se encierra en estas cuatro paredes y no deja que mis piernas y manos se queden en un solo lugar. Pero no es miedo a la soledad, sino a los minutos que quedan para que esta se vaya.
Esperanza.

5 oct. 2015

Diario.

He escuchado muchas veces decir a muchas personas que ya han madurado. ¿Pero qué es madurar? 
Después de observarlos a todos ellos, siento que hay muchas formas de ser maduro. Es decir, no es algo universal. No sé. No tiene sentido para mí.
Siento que he crecido un poco...
Hoy el día estuvo soleado, tanto que sentía fuego en mis cabellos; pero mi corazón lo contrasta con su tristeza. Mi alma se siente desgarrada por dentro. 
Así que decidí llorar... 
Lloré tanto que llegó un momento en que si quería seguir llorando, ya no tenía sentido, ya no me molestaba el dolor. Pero mi problema no se había solucionado. Así que miré mi teléfono y busqué entre mis contactos a mis amigos cercanos. Pero me di cuenta que sus perfiles reflejaban tristeza también y pensé «ellos también tienen sus problemas propios». 
Lo apagué.
Y después de un rato, mirando a la nada me imaginé si les escribía; si les pedía consuelo o si les contaba lo que me sucedía..., y resulta que esa imagen no me confortó, porque tal vez no me escucharían como quiero que me escuchen. Incluso tal vez dirían cosas por decir. 
Las palabras por pantalla no son lo mismo que el reconfortante silencio de un abrazo.
Así que me dije a mí misma: «no busques un consejo, no vendrá. Y si viene, no lo necesitarás. Los mejores consejos llegan cuando menos lo esperas, y ahorita lo estás esperando. Llora. Llora mucho y después limpia tus lágrimas. Duerme y ya mañana solucionarás el problema».
Algunas personas me han dicho que maduraron porque se dieron cuenta de quiénes son sus verdaderos amigos porque están más en las malas que en las buenas... Pero a veces no queremos decir que estamos en las malas, entonces ¿cómo lo van a saber ellos?
He estado muchas veces en las malas y no le he dicho a mi mejor amiga, pero eso no hace que ella sea mala o no sea la persona que pensé que era. No, simplemente no le dije que estaba mal porque no quiero compartir mi pesar o porque no quiero molestarla. Da igual. Es mi problema. Pero ella sigue siendo mi mejor amiga.
Y es que me doy cuenta que he crecido porque en momentos como estos no quiero nada, sólo llorar. Sólo quiero darle a mi dolor su respectivo luto, sin bombos ni platillos. Simplemente suspiraré y dejaré ir poco a poco esto que siento. Y cuando revise de nuevo mi celular, tal vez todavía no sepa quiénes son mis verdaderos amigos, pero tampoco tendré que probarlos, porque para mí la vida no se trata de probarlos a todos, porque no todos giran a mi alrededor. Y así. 
Escojo vivir así porque nadie se odia y cada quién se preocupa por lo suyo. Ya vendrán momentos para dar la mano al otro (y si es que el otro quiere que se la den; sino, no importa. Eso no lo hace menos amigo).
He terminado de escribir esto con mi dolor un poco menos fuerte pero aún latente, y tan poco madura como cuando nací.
Ya mañana será otro día y podré levantarme con la fuerza que me caracteriza. Tal vez me quede en la cama todo el día viendo pasar la vida o quizás ni siquiera despierte. Nunca sé. Pero esta noche los amigos siguen en el corazón y mi problema en la mente. Son dos mundos aparte. Fin.
Esperanza.

19 sept. 2015

En agosto, alguna vez.

Los meses pasan volando, como las hojas arrastradas por el viento. Tan imperceptibles que los kilómetros recorridos se vuelven desconocidos.
Parece mentira que he malgastado muchos momentos sin llorar, cuando lo que quería hacer era desahogarme. Sólo por el miedo a mí misma y a mis lágrimas.
Existe la oportunidad de cambiar, si valoramos el tiempo y le damos su espacio al desconsuelo, para que no exija más cuando tengamos que salir al mundo.

Un café para los taciturnos y miel para el trago amargo que viene después.
Esperanza.

30 may. 2015

No me he ido, aún.

No hice nada.
Estuve un rato sin hacer nada, sólo pensar.
Sentí que estaba pensando por primera vez; pensé que por primera vez sentía.
Y me di cuenta de por qué la soledad no es tan mala compañera; ella no presiona.